lunes, 19 de septiembre de 2011

Criados a escondidas


Macarena descubrió un día, a los 25 años, recluida en prisión por un robo, que estaba embarazada por quinta vez. Al enterarse, sintió una punzada. No tenía ni idea de dónde estaban sus otros hijos, dados en adopción por los servicios sociales debido a su situación de desamparo. Era el año 2002. El padre de los niños, Yeray, estaba también preso y hacía tiempo que se había desentendido de la familia. La chica, toxicómana por entonces, intentó ocultar la barriga a la trabajadora social que la visitaba de vez en cuando, pero la mujer acabó dándose cuenta y tramitó una orden para que le quitasen el bebé nada más dar a luz. Llegado ese día, Macarena, aún convaleciente de una ligadura de trompas que le había recomendado una enfermera, agarró al bebé de una de las cunas de la unidad de neonatos del hospital de Las Palmas, lo escondió en una maleta y salió por la puerta del hospital en busca de un taxi.
La niña, todo este tiempo, ha permanecido oculta en un edificio que alberga a familias que vivían en chabolas. Salvo en ese pequeño mundo, la niña no existía. La policía dice haber seguido todos estos años la pista del entorno marginal de Macarena, una extensa red de padres, tíos y abuelos, sin dar con el paradero de la menor. Una vez que lo han conseguido ahora, tras una denuncia anónima que derivó en meses de seguimientos y averiguaciones, los investigadores también han descubierto la existencia de otro bebé, dado a luz en casa para que no constase en ningún registro. "¿Alguien en mi situación no hubiese hecho lo mismo? Son míos", reflexiona la madre en la puerta de su casa, en el barrio de San José, en una tarde en la que la policía va por unas calles del barrio pidiendo la documentación y buscando droga en las palmeras que adornan los jardines y proporcionan sombra. La mujer viene de ver a sus hijos en el centro de menores donde han sido ingresados. "Dudo que esa sea la solución. ¿Ahí estarán mejor que conmigo?", sigue preguntándose.
Los niños, a los que llamaremos Irena y Mario para contar el periplo la vida que han llevado al margen de la sociedad, estaban sin escolarizar, no sabían leer ni escribir y nunca habían visitado un hospital, donde los médicos podían haber dado la voz de alarma. El caso ha producido una gran conmoción en Gran Canaria, una sociedad muy concienciada con la desaparición de niños. Los nombres de Sara Morales y Yéremy Vargas, de los que no se sabe nada desde 2006 y 2007, respectivamente, sale a relucir cada vez que se habla de menores, como si sus desapariciones hubiesen instaurado una especie de miedo colectivo, de psicosis, entre padres. Las caras de los niños empapelan fachadas, controles aeroportuarios, anuncios de carretera. "Nunca dejaremos de buscaros", se lee en el cartel de una tienda de ultramarinos del centro de la ciudad. ¿Dónde han podido ocultarlos, se pregunta la gente, en un pedazo de tierra tan limitado como es una isla?
Macarena lo logró, tal y como cuenta un mando del Servicio de Atención a la Familia (SAF) de la Policía Judicial, con la ayuda de su núcleo familiar. Un clan de decenas de personas acostumbrado a convivir bajo el mismo techo, un mundo muy cerrado y hermético para las autoridades, dificil de rastrear.
Aun así, el relato de los hechos no acaba de despejar todas las incógnitas. ¿Cómo pudieron hacerlos desaparecer si siempre han vivido en el mismo barrio? Los mandos policiales subrayan las dificultades de localizar al primer hijo, robado del hospital cuando no existían fotografías suyas y a quien habían cambiado el nombre. El segundo nació en casa, y la familia se ocupó de no inscribirlo en el Registro para no dejar rastro. Así los niños crecieron sin formar parte de ningún fichero, de espaldas a la sociedad. Ilocalizables.
El único hijo que vive hoy en día con Macarena se llama Iván. Ha vivido mucho tiempo al cargo de una abuela. Tras acariciarle la cabeza, la mujer le pide que vaya tras unos vendedores de huevos para que no llamen al timbre de la casa, en cuyo interior descansa su madre ciega, antigua vendedora de cupones. Volviendo a la noche en la que se fugó del hospital, Macarena recuerda que en la cuna ponía algo parecido a "retención judicial". Se lo llevó por las bravas. Al otro lo tuvo por su cuenta, a escondidas. ¿Qué fue de esos dos bebés durante los siguientes 10 años?
El rastro de estos niños fantasma hay que buscarlo en el edificio Mantequilla, conocido así por su color amarillento, un mamotreto de ocho plantas y varios portales, lugar de peregrinaje de los que buscan hachís, de acuerdo con los informes que maneja la policía. Aquí vive el espigado Pedro, quien a sus 65 siempre que sale a la calle lo hace de traje y corbata, cuando lo común para los hombres del edificio es ir en chanclas y bermudas, como mucho vaqueros. Es el suegro de Macarena, el padre de Yeray, al que dice no querer ver "nunca más" por todos los disgustos que le ha dado desde que cayó en el mundo de la droga, y es quien ha criado a Mario desde que tenía un año de edad.
"Me enteré de que mi nuera había tenido otro hijo, que no había nacido en el hospital, sino en su casa con una matrona, creo", cuenta. "Me presenté en casa de Maqui [así la conocen en su entorno] y le dije: 'Mira tú, mi niña, tú no puedes quedarte con este chiquillo, te los han quitado todos. ¿Dónde demonios estarán? Dámelo a mí y yo lo cuido, soy su abuelo'. Nada más entregármelo, me fui corriendo escaleras abajo y cogí un taxi, cuando mira que yo siempre uso autobús porque tengo abono. Lo hice por si acaso se arrepentía". Al llegar a casa, un piso amplio de tres habitaciones y baño con ducha de hidromasaje, lo tumbó en la cama, puso almohadas a los lados para evitar que se cayera, llamó a una vecina que tenía que echarle un vistazo y bajó a comprar pañales, ropa y medicinas.
A medida que iba creciendo, Pedro lo vestía a su imagen y semejanza. Parezco un viejo, se quejaba Mario. El abuelo fue a un colegio situado a un par de calles de distancia y quiso matricularlo, pero le pidieron el libro de familia. Asegura que le rogó a Macarena que lo inscribiera en el Registro Civil para poder formalizar la matrícula en el centro, pero que ella nunca le hizo caso.
El abuelo no quiso hacerlo por su cuenta por temor a que se llevaran a Mario, a quien los vecinos se habían acostumbrado a ver siempre junto a él. Mario y el abuelo en el ambulatorio para las revisiones del jubilado. Mario y el abuelo en la playa por las tardes. El abuelo y Mario de compras, los dos viendo tres películas un mismo día en un canal temático. Uno tumbado en el sofá y otro sentado en un sillón con reposapiés.
"Lo quiero más que a todos mis hijos. Cuando me ponía malo, me decía: 'No te preocupes abuelo, si te mueres le pido a la vecina que llame a la ambulancia'. Pasábamos la vida entera juntos. Siempre estaba pendiente, me daba miedo que me lo robaran o me lo quitaran", continúa Pedro junto a un retrato del niño encorbatado. Y eso que tiene mucho donde elegir: 5 hijos, 21 nietos y 6 bisnietos, aunque los números en ocasiones le bailan y pone una cifra más o menos aquí o allá.
Pedro descubrió poco a poco que ese niño se estaba haciendo mayor. No le enseñó a leer ni escribir porque él tampoco sabía. Le compró a plazos en un centro comercial una videoconsola que le costó 300 euros. De vez en cuando lo llevaba para que viera a su madre. Si te pregunta alguien, le aleccionaba el abuelo esta última época, tú di que estudias con las monjitas. "¿A qué colegio vas, mi niño?", le preguntó de sopetón una vecina en el ascensor, cuando tenía ya 11 años. "Al de las monjitas", dijo.
Pedro esperaba que el niño alcanzara la mayoría de edad y a partir de ahí dar fe de su existencia. No dio tiempo. A mediados de agosto, la policía y la autoridad judicial se presentaron en el apartamento. El niño estaba pasando unos días en un bungaló del sur de Gran Canaria, la zona turística de la isla, con una hija de Pedro. "La llamé y le dije que se trajese al niño para acá que lo estaban reclamando. Mi hija dijo que no, que no iba a darlo, que tenía que estar con nosotros, pero la fiscal cogió el teléfono y le dijo: 'Tráigaselo usted ahora mismo o le pongo una orden de busca y captura". Ante el revuelo de todo el vecindario, se llevaron a Pedro detenido por sustracción de menores, abandono de la familia, contra las relaciones familiares y contra el Registro Civil.
En libertad con cargos, a un Pedro solitario que toma medicación se le cae el techo de la casa encima. Repasa una y otra vez los rincones de la habitación donde dormía Mario. Por el momento, ha solicitado a la Dirección General del Menor y la Protección de la Familia el acogimiento del niño por los vínculos familiares y afectivos que les unen. Lo ha ido a ver al centro, y Mario le ha dado tarjetas con adornos manuales y cartas en las que le dice que lo echa de menos, pero que no se preocupe porque ahí lo cuidan bien. La letra induce a pensar que el texto lo ha escrito una monitora.
En Canarias son muchos los niños y niñas que crecen en pisos y residencias atendidos por profesionales. Desde el Gobierno de Canarias aseguran que están muy bien cuidados, pero que nada supera "el calor de un hogar". A finales de 2010 se contaban 943 menores acogidos en centros y 1.357 estaban al cuidado de una familia que no es la suya. Consideran un éxito tener a más menores en un entorno familiar que en un centro, y para reforzar esto, el Gobierno canario desarrolla un programa para el acogimiento de menores en familias ajenas. Se trabajará especialmente con familias monoparentales con niños menores de un año (la tasa de embarazos es de 28,59 por cada mil mujeres en edades entre 15 y 19 años, cuando en el resto de España esta cifra es de 15,25).
Este último es el caso de Macarena, que tuvo tres hijos entre los años 1995 y 1997, siempre con el mismo hombre. Ella lleva los nombres de todos ellos tatuados en los brazos y el cuello. Perdió la custodia de los tres tras elaborarse un informe de los servicios sociales en el que se detallaba que los niños pasaban muchas épocas solos y los padres, enganchados a la droga y detenidos continuamente, los tenían desatendidos. De acuerdo con la versión que ofrece el abuelo Pedro, Macarena ocultó el nacimiento de Mario, pero no pudo hacer lo mismo con la siguiente, Irena, por encontrarse en prisión. Salió para dar a luz en el hospital y de ahí se escapó con la niña en brazos, tapada con una manta y no escondida en una maleta, como creía la policía. Días más tarde fue localizada por la periodista Marisol Ayala, a quien concedió la única entrevista que dio en esa época. "Igual nos vamos de la isla, nos embarcamos", apareció publicado. No le dio tiempo, la policía la detuvo antes de que subiera a ningún barco y se utilizaron esas declaraciones que había hecho en el juicio para condenarla por sustracción de menores. Ella fue a la cárcel por habérsela llevado, pero la niña nunca apareció.
El misterio ha quedado resuelto casi una década después. Irena, de una forma o de otra, cayó en manos de Dolores, de 53 años, una pariente lejana. Dolores enviudó en el año 2000, pero antes tuvo dos abortos que le impidieron cumplir el sueño de ser madre. Esa pena le acompañará mientras viva. La niña se instaló con Dolores en la cuarta planta de un edificio en el que fueron realojados los habitantes del poblado chabolista Buque Guerra. Dolores lleva igualmente tatuado en el brazo el nombre de la niña y asegura, al abrir la puerta, que la ha cuidado como si fuera suya. Su versión es parecida a la de Pedro en cuanto a la escolarización de la pequeña: intentó varias veces convencer a Macarena para que arreglase los papeles, pero no le hizo mucho caso. Desistió. Le puso una profesora particular que venía varias veces en semana a la casa mientras ella cuidaba de una vecina mayor que le da la mitad de su pensión. Dolores cuenta que llevó a la niña a un médico de pago, por lo que no se le puede achacar que tuviera algún problema de salud. Tiene unas fotos de ella bailando encima de un escenario. La mujer ha solicitado la guardia y custodia de la niña, a la que piensa adjuntar la firma de apoyo de sus vecinos. "Esta mujer no ha hecho otra cosa que cuidarla y preocuparse por la niña y la detienen como una delincuente", le defiende en pijama su sobrina.
Irena y Mario permanecen ingresados en un centro de menores donde pueden recibir visitas los jueves y los sábados hasta que un juez decida qué hacer con ellos. Macarena, la madre, cruzada de brazos en su barrio, saluda a todo el que pasa, como abstraída. Después te veo, le dice a una chica, más tarde te cuento una cosa, le dice a otra al pasar. Ahora te toco al telefonillo, le grita a una vecina que se asoma a la ventana. "Mi idea es recuperar a todos mis hijos e irme lejos, a un sitio mejor, empezar de cero. Irme de aquí de una vez", dice para terminar, en un deseo muy parecido al que manejaba hace una década, el de huir y vivir lejos de cualquier control social. En todo ese tiempo, Macarena no ha podido escapar a la realidad.
elpais.com

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